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“Tendrían que alinearse lo que se enseña, la realidad del centro y … – Montevideo Portal



Por César Bianchi

Fotos: Javier Noceti / @javier.noceti

Parafraseando a la exministra María
Julia Muñoz, se podría pensar que Darío Víctor Greni (49) es “un simple maestro
de escuela”. Pero no, claramente no lo es. Si uno repasa su currículum, por
allí aparecen una distinción de la Red de Aprendizaje Global (Ceibal y ANEP) y
haber sido escogido como uno de los mejores 50 docentes del mundo entre 10.000
maestros que se postularon al galardón del Global Teacher Prize, también
conocido como el Nobel de la educación, que entrega la Fundación Varkey.
También figura su participación como miembro del programa Globe de la NASA como
líder de proyectos científicos vinculados al medio ambiente, que desarrollan
sus alumnos (proyectos como “el de las mariposas” que presentaron las niñas
Carmela y Paloma en Denver, Estados Unidos, ante un auditorio colmado).

Estas chicas integran un alumnado de
126 estudiantes de la escuela rural N° 88 de Las Violetas, Canelones, la
escuela que el maestro Darío puso en el mapa (mundial). 

Ahora bien, en una educación pública
uruguaya de tristes resultados, con indicadores de deserción que señalan que
casi 21.700 alumnos dejaron el sistema con la pandemia, Greni y su escuela
rural se lucen con un llamado de la NASA pidiéndole autorización para usar una
investigación suya como modelo. Cuando los resultados de las pruebas Pisa dejan
a Uruguay mal parado en el continente respecto a comprensión lectora y
razonamientos matemáticos, Greni acompaña al exterior a alumnas que explican ¡y
en inglés! las bondades de sus investigaciones. Cuando la mitad de los
estudiantes de magisterio escriben con faltas de ortografía al comenzar a
estudiar la carrera —según el Consejo de Formación Docente—, él dice que la clave pasa por el
“compromiso” y la “dedicación” en el aula, y asumir la “responsabilidad” que
conlleva trabajar con niños, así sea en un paseo a la esquina.

El hombre que con su esposa todavía
sufre por no haber sido papá es un docente inspirador para centenares de niños
y padres que, aun viviendo lejos, envían a sus hijos a la escuela 88 de Las
Violetas. Y no por moda o novelería, sino porque valoran la concepción que
Greni tiene de la enseñanza pública.


“Cuando ingresé en 2012, fui a buscar los registros de los diarios de la historia de la escuela, y ahí me encontré con las inscripciones de mis abuelos, de mis padres, de mis tíos. Yo fui alumno, luego practicante de esa escuela, maestro dos años y después director”

¿Cuándo te diste cuenta que querías ser
docente, que el magisterio era tu vocación?

A los 11 años. Provengo de un hogar del
ámbito rural. Mis papás no terminaron la escuela, entonces el hijo único, ¿que
tenía que hacer? Seguir con las actividades del ámbito rural. Y eso jamás me
gustó, jamás me llenó el alma. Cuando hubo que elegir qué iba a hacer en
educación media, era UTU y ahí elegí la opción electricidad. Lo cursé un
tiempo, pero no fue lo mío. Y algo en mí me dijo que tenía que ser maestro. Ya
en el primer año de UTU me di cuenta que, en realidad, quería ser
maestro. 

¿Siempre fuiste maestro en escuelas
rurales, o antes te tocó una urbana?

Son 27 años de carrera, siempre en
escuelas rurales, excepto un mes y medio durante el primer año de trabajo,
cuando recién ingresé al sistema. Fui maestro en jardín de infantes en un
centro de tiempo completo en Santa Lucía. Después, siempre como maestro rural,
y de los 27 años, 25 a cargo de la dirección. 

¿Qué tiene de especial y hasta de
formativo enseñar en una escuela rural?

No lo sé, porque no he estado mucho en
una escuela urbana. Pero en la escuela rural me siento útil en la dirección. El
primer año ya me encontré con niños que necesitaban algo más que simplemente
darles clase. Y también en lo rural se da la cercanía, porque nos conocemos
todos. Ahora tenemos 126 niños, pero yo conozco a los 126 y ellos se conocen
entre sí. Tenemos una hora más de clase, son cinco horas por día. Tenemos un
espacio abierto, que te sirve para desarrollar actividades, proyectos. La
cultura de la familia, que ha ido cambiando como ha pasado en la sociedad, pero
la cultura familiar pega en la escuela de una buena manera, colaboran mucho con
la institución, apoyan los proyectos. Las escuelas necesitamos de las familias
para avanzar en beneficio de cada uno de nuestros niños. Y las comisiones de
fomento son grandes aliados que vos tenés para poder aplicar lo que uno piensa.

Actualmente sos director de la escuela
N° 88 Alfred Nóbel de Las Violetas, Canelones, a la que has hecho famosa. Es
una escuela muy especial para vos y para toda tu familia… Contame por qué.

Cuando ingresé en 2012, fui a buscar
los registros de los diarios de la historia de la escuela, y ahí me encontré
con las inscripciones de mis abuelos, de mis padres, de mis tíos, y cuando
leías el libro diario, cuando el maestro Chamorro consiguió los fondos para
construir el edificio donde hoy está la escuela, veías que el abuelo Alfredo
había prestado su camioncito para traer un viaje de balasto para la
construcción o que mis tíos habían ido a moler parte de la escuela antigua para
hacer los pisos de la institución. Está ese lazo afectivo, familiar. Y yo
estudié como alumno, fui practicante de esa escuela, fui maestro dos años y
después ya fui director. La directora anterior, Paca, estuvo 30 años en la
dirección.

Yo tenía colegas que estaban adelante, y me decían que no la iban a
elegir, para dejarme a mí, cuando me tocara elegir en el concurso. Eso las
enaltece, me decían: “Te la vamos a dejar porque sabemos lo importante que es
esa escuela para vos”.

En 2017 fuiste
galardonado con un diploma en reconocimiento a su trabajo por la Red de
Aprendizaje Global. ¿Cómo se dio esto?

La Red Global de
Aprendizajes funciona en Ceibal y ANEP. Yo escuchaba que hablaban de la red
global, del trabajo por competencias, el empleo de rúbricas, y no me acuerdo
cuándo exactamente empezaron a trabajar aquí, pero nosotros nos sumamos en
2015, 2016. Lo bueno que tenía la red es que tenías tus talleres presenciales
en el LATU, donde te daban herramientas para poder trabajar con los niños,
teniendo muy presente el aprendizaje significativo. Es algo muy similar a lo
que estamos trabajando hoy por competencias, y presentamos el trabajo que
habíamos realizado en la institución utilizando las rúbricas que están en un
portal educativo, que es el portal CEA. Son rúbricas que te permiten ubicar a
cada uno de los estudiantes en diferentes niveles de desempeño. Eso ya no
lo hacemos. La Red destacó el trabajo que veníamos haciendo en nuestra escuela.

En 2018 te postulaste al Global Teacher
Prize, premio al mejor maestro del mundo, que otorga la fundación Varkey. El
jurado buscaba premiar a “un maestro excepcional que haya hecho una
contribución sobresaliente a su profesión”. ¿Qué credenciales presentaste para
aspirar a ese premio?

Lo primero que quiero decir es que fue
Robert Silva el que me recomendó que me presentara. Él nos visitó en diciembre
de 2017, cuando él era consejero, como invitamos a todos los consejeros. Y en
setiembre de 2018 me mandó un mail, diciéndome: “Me parece que usted se puede
presentar a este llamado”. También le dijo lo mismo a una docente de
Tacuarembó. Recuerdo que veníamos del Chuy con mi señora cuando vi el mail en
el celular, llegamos a casa y lo verifiqué. Ahí googleé qué era el Global
Teacher Prize, lo pensé muy poquito y completé los formularios.

¿Qué presenté? Yo siempre digo, como
director, que quiero que nuestra escuela sea un lugar donde todos los niños
aprendan. ¿Cuál es la herramienta que utilizamos para que todos los niños
aprendan? El trabajo en ciencias. Ciencias naturales, sociales, de tecnología,
eso lo adecuamos a los intereses de cada niño. Desde 2014 empecé a ver que los
niños necesitaban trabajar de una forma diferente, que no sea solo viene el
maestro, da la clase, se va, y listo. Empezamos a implementar el trabajo por
proyecto de ciencias, no en todas las clases. La ventaja de tener clase a cargo
(yo tengo sexto) es que los demás maestros ven cómo vos trabajás proyectos de
ciencias con los niños, y cómo los niños empiezan a tener avances en sus
procesos de aprendizaje. Y el proyecto lo desarrollan los niños.

La clase que identificaba mi proyecto
fue: “La escuela de las oportunidades”. No tenía un producto acabado como lo
tuvo Martín Salvetti, que tenía una radio, o Déborah Garófalo, que tenía su
proyecto de robótica. Lo nuestro iba por la gestión, cómo trabajar en clase con
los chiquilines. Que la clase no sea aburrida ni para el niño ni para el
maestro. Que no sea un circo, pero que sí sea una clase que los motive. Generar
curiosidad para después despertar la motivación. Por ahí iba la
presentación. 


“Robert Silva era consejero y me recomendó que me presentara al Global Teacher Prize. Veníamos del Chuy con mi señora cuando vi el mail en el celular, llegamos a casa y lo verifiqué. Lo pensé muy poquito y completé los formularios”

En noviembre de ese 2018 fuiste
seleccionado entre los mejores 50 de 10.000 docentes de 179 países en el mundo
que se postularon. ¿Qué significó esa distinción para vos?

Estábamos en un paseo con mi señora,
nuestra sobrina y mi cuñado. Me llegó un mail. Y obvio que me puse feliz, me
alegró… Me sentí reconfortado de que alguien ajeno totalmente a lo mío
reconocía mi labor. Y era algo a nivel mundial, fue algo que me enorgullece,
pero no solo a mí, sino a toda la comunidad educativa.

A eso quería llegar. ¿Creés que tus
colegas se apropiaron de la distinción, que realmente se alegraron por vos?
Porque está la envidia y el resentimiento, sentimientos muy humanos…

(Darío se sonríe, y hace el ademán de
cerrarse la boca con llave. Luego contesta).  

Yo te puedo hablar de la gente que me
llamó para felicitarme, de la que me encontré, de los colegas que me dijeron:
“a ver cuándo podemos hacer algo juntos, tu escuela con mi escuela”. Después,
de los otros, te llegan comentarios, pero no sé si son ciertos. Este tipo de exposiciones
te generan cosas buenas y cosas malas. Yo siempre me quedo con lo bueno.
Nosotros trabajamos mucho, tratamos de que la escuela sea beneficiosa para
todos —para los niños primero, pero también
para los maestros—. A mí me gusta que los maestros después aspiren a cursos, aspiren a ser
directores, no me gusta retenerlos en la institución. Pero esto le da una
exposición tan grande a la institución, que hay muchas cosas que después se ven
en beneficio de cada uno de los niños. Gracias a eso, después apareció el
proyecto de las mariposas, gracias a eso, con la fundación Varkey hasta hoy
sigo en contacto. Son repercusiones directas del Global Teacher Prize.

¿Cómo se pueden entender tus logros
personales y los de los niños de la escuela de Las Violetas, en un contexto de
magros resultados académicos del país en general y de empobrecimiento de la
educación uruguaya, con altos índices de deserción del sistema educativo?

Hay muchos lugares que trabajan como
nosotros, eh. Si tengo que hablar de lo nuestro, primero está el compromiso [de
los docentes], la vocación, que la podemos tener o no, pero el compromiso tiene
que estar. Después, la motivación. Y después la actitud cada día que venís a la
clase. Eso lo hablo siempre con los maestros: “No podemos venir, o tratemos de
no venir de cara larga, no venir de mal humor, cuidemos cómo nos dirigimos a
los niños y a las familias”. Cómo nos posicionamos frente al niño en esas cinco
horas diarias en el aula. Eso es lo que hace que cada vez más familias decidan
enviar niños a nuestra escuela. Del barrio son unos 20, los otros 100 son del
resto del departamento [de Canelones]. 

¿Cómo llegaste a estar en contacto con
el programa Globe de la NASA? Me consta que hubo una inquietud personal tuya de
aprovechar herramientas como esa para potenciar habilidades en los niños…

Yo no tenía idea de esa herramienta. Un
día de 2012 fui invitado a un taller para participar del programa Globe, nos
mostraron en qué consistía el programa. Y fue un comienzo tibio: fue conocer el
programa, ver cómo podíamos trabajar, era demasiada la información que se nos
brindaba, entonces pensé: “Esto que me estás presentando hoy, ¿cómo lo puedo
aplicar yo en la clase?”. Y ahí viene el trabajo del maestro: de qué me sirve esto
para mis prácticas, de qué me sirve para el proyecto que voy a desarrollar con
los niños. En 2014 surgió el tema del estudio de la calidad del agua del arroyo
Canelón Chico, y ahí cuadraba perfecto el empleo de los protocolos que ellos
nos brindan, que son pasos a seguir para tomar datos que nos iban a servir: el
PH del agua, la temperatura del agua y la colecta de los
macroinvertebrados. 

Después, bueno, nos fuimos afianzando,
fuimos conociendo más el programa, fui asistiendo a talleres, tuvimos la
posibilidad de recibir a dos master trainer, uno especialista en
atmósfera que vino en 2017, el otro en suelos, que vino el año pasado, ambos llegaron
de Estados Unidos. Y después, quien está aquí a cargo de Globe, Andrea Ventoso,
decide: “Vamos a tal institución a que la conozcas, a que veas cómo trabajan”.
Y eso me dio otro conocimiento de Globe. Después, personalmente, apliqué dos
años para ser parte del grupo de educación de Globe (un representante de cada
una de las regiones del mundo). Trabajamos en cómo podemos actuar para que
Globe sea más accesible para los docentes. 

En 2021, un día abriste el correo como
todas las mañanas y tenías un mail de la NASA. Te pedían autorización para que
el proyecto Macrocientis, elaborado por tus alumnos, fuera divulgado a nivel
mundial como ejemplo de investigación científica. La investigación consistía en
el análisis de la calidad del agua del arroyo Canelón Chico en base al estudio
de macroinvertebrados como bioindicadores. En criollo, ¿qué investigaron los
niños?

Un día vino un biólogo a la escuela y
nos contó que la zona de Margat entre Canelones y Santa Lucía sería declarada
área protegida. “¿Me permitís darles una charla a los chiquilines?”, me dijo.
Les dio una charla, había un arroyo, y los gurises se interesaron en conocer la
calidad del agua de ese arroyo. Ahí invitamos a Patricia Píriz, que hoy es
referente de clubes de ciencia y trabaja en el Ministerio [de Ambiente]. Ella
fue a dar un taller con el fin de ver cómo podemos saber la calidad del agua de
ese arroyo, en base a las herramientas que tenemos. Lo más fácil es trabajar
con macroinvertebrados. Fuimos al arroyo, y ahí estaban las cucharetas (parecido
a almejas chicas), pequeños anélidos, tipo gusanos, te encontrás con orugas,
con larvas… Esos son bioindicadores, indicadores de la calidad del agua. ¿Qué
hay que hacer? Tomar un calderín, mover un poco el fondo, sacar el
calderín y ver qué sacamos, qué encontramos cuando hacemos ese muestreo. Esos
macroinvertebrados se van anotando en un registro: “encontré esto, encontré lo
otro”. Después los vamos a buscar en una guía colombiana —una referencia de macroinvertebrados—, cada uno tiene un valor (hay
macroinvertebrados que son muy sensibles, que obtienen un puntaje alto, de 10,
y hay otros que son súper resistentes a todos los cambios que pueda haber en la
calidad del agua). Entonces, vos encontrás anfípodas que pueden tener un
puntaje 3, o larvas de un tipo de mosca, que tiene un valor 10.

Íbamos a tres lugares distintos del
arroyo Canelones, con los niños y sus padres, fuera del horario de clase, a
tomar las muestras. Eso lo hicimos durante tres años, y durante tres años nos
presentamos al simposio de ciencias virtual (los que logran cuatro estrellas
después aspiran a tener un lugar en la Reunión Anual). 


“Lo hablo siempre con los maestros: ‘No podemos venir, o
tratemos de no venir de cara larga, no venir de mal humor, cuidemos cómo nos
dirigimos a los niños y a las familias’. Del barrio son unos 20, los otros
100 son del resto del departamento”

Los alumnos de Las Violetas, ahora
distinguidos por la NASA como ejemplo científico, han seguido con otros dos
proyectos que presentaron al programa Globe. Los chicos de 5º y 6º año
investigaron los efectos del eclipse solar del 14 de diciembre de 2020 en el
comportamiento de especies de avifauna y hormigas en el predio escolar. ¿Cuál
fue la idea de ese proyecto?

¿Te acordás de aquel eclipse parcial
en Uruguay? Bueno, los chiquilines se organizaron en diferentes equipos,
entonces durante dos horas tenías el eclipse. La máxima cobertura que veíamos
desde acá era del 70%, entonces tenías una hora previa y una hora posterior, y
ellos cada 3 minutos tomaban la temperatura del aire, para ver la variación.
Tomaban la temperatura superficial, todo eso lo tabulaban en un registro. Y a
su vez, había otros equipos que observaban las nubes, qué tipo de cobertura
había, qué porcentaje de nubes había. Otros trabajaban con el viento, con la
velocidad de la dirección. Y otros trabajaban con las aves, qué pasaba con el
comportamiento de las aves y de las hormigas, los que ellos eligieron observar
para ver cómo se comportaban mientras el eclipse ocurría. Escribimos un texto y
lo presentamos al simposio de ciencias.

En 2014 comenzaron a investigar la
calidad del agua en el arroyo Canelón Chico, como decíamos. Ese monitoreo
continuó hasta 2020, cuando la pandemia sacudió el mundo. Ahí nació el
“proyecto de las mariposas”, como lo llamás. ¿En qué consistió ese proyecto?

Ese fue un proyecto colaborativo. El
macro fue creado en forma conjunta, y fue creado en plena pandemia, sí. Las
instituciones como Globe o como Varkey te abren puertas, y empecé a conocer más
gente. En la Reunión Anual de Globe de 2019 yo conocí a Martha Kingsland,
profesora de educación media de Argentina, a Claudia Caro, profesora
universitaria de Perú, y a Andrea Ventoso, de aquí de Uruguay. Nos juntamos por Zoom, cuando no podías ni salir a la esquina, para ver qué podíamos hacer los
tres para trabajar en ciencia, para aplicar los protocolos Globe en nuestras
instituciones, con todas las limitantes que existían. Porque, además, los niños
nos lo pedían en la escuela. El sexto de ese año sabía que le tocaba hacer un
proyecto científico. Los escolares saben que en sexto tienen que desarrollar un
proyecto de investigación, y que van tomando la posta del proyecto de las
mariposas. 

Explicámelo.

Primero tuvieron que elegir un ser
vivo. Podía ser un vegetal, un animal, pero ellos eligieron las mariposas, y a
su vez, cuáles son las condiciones que facilitan la presencia de mariposas (o
no) en el patio de la escuela. Es eso: medir las variables como temperatura
actual, superficial, la cobertura de nubes, la velocidad y dirección del
viento, y la humedad. Y en base a eso, ellos tienen una planilla de observación
(salen a medir los lunes, miércoles y viernes, de marzo a mayo y de setiembre
a noviembre), y cada día que salen, registran esos datos. Ven si hay mariposas
y qué mariposas aparecen. Después hacemos una tabulación de esa información, y
determinan qué las variables que explican la presencia de mariposas en la
escuela.


“Nos juntamos por Zoom, cuando no podías ni salir a la esquina, para ver qué podíamos hacer los tres para trabajar en ciencia, para aplicar los protocolos Globe, con todas las limitantes que existían. Porque, además, los niños nos lo pedían en la escuela”

En julio acompañaste a tus alumnas
Carmela Bazzino y Paloma Galaviz a Denver, Estados Unidos, a donde fueron a
defender su proyecto de investigación científica vinculado al hábitat ideal de
las mariposas en el patio de su escuela. El proyecto fue exhibido en la
Reunión Anual de Globe, un programa vinculado a la NASA, y las chicas tuvieron
que explicarlo en inglés. Contame un poco cómo ellas vivieron esa experiencia
imborrable.

Más allá del potencial que pueda tener
cada uno, a nosotros nos gusta que nuestros niños sean buenos comunicadores.
Las madres veían, respecto a sus hijas, el cambio que se había producido esa
semana de haber estado afuera, en otro país, el cambio positivo que veían en
ellas. En un primer momento ellas estaban un poco asustadas, no te voy a decir
que no, porque es un idioma no común para manejar a esa edad. Yo les dije: “La
primera presentación que van a tener que hacer va a estar más o menos, la
segunda un poco mejor. Después de la tercera, van a ver que lo van a disfrutar
montones”. Ellas tuvieron dos horas para estar junto con otros —hubo 20 paneles con sus respectivos
representantes, mostrando investigaciones de adultos y de chicos—, y ellas me dijeron que pasó lo que yo
les había dicho, que se les pasó rapidísimo, que lo disfrutaron mucho. Ellas se
dieron cuenta de que podían enfrentarse a un auditorio en inglés, y que podían
comunicar sus ideas. “Y les entendíamos cuando nos hablaban, maestro”, me
dijeron. Fue algo que las enriqueció como personas.

Viajaron contigo y el maestro Juan
Manuel, pero sin sus padres u otro familiar. Más allá de lo académico, eso
habla de la confianza que te tienen como líder…

Claro, porque una cosa es cuando nos
vamos de campamento por tres días, y en el territorio nacional. Si pasa algo,
se llama a los padres y vienen corriendo. Acá hicieron confianza en nosotros y
en mi esposa (que viajó conmigo, y se pagó su pasaje y su estadía). Pero sí,
habla de un voto de confianza. Y el cuidado que a mí me gusta tener, ya sea en
un paseo a la esquina de la escuela, a Montevideo o al exterior. 

Junto a tu pareja Esther participaron
en el programa internacional de telerrealidad La Gran Carrera (The Amazing
Race
) en su quinta temporada. Y quedaron en segundo lugar en The Amazing
Race Latinoamerica
2013. ¿Es un reality
show
?

Sí, es un programa americano, en donde
vos con tu pareja —son 11 parejas— llevás todo tu equipaje en una mochila y
vas de ciudad en ciudad haciendo diferentes tareas, como prendas. Vas con un
camarógrafo y un productor, te dan una pista: “Usted está en tal lado, viaje
en taxi hasta tal lugar y ahí busque el buzón de pistas”.
Llegabas y la
consigna era: “Suba hasta el piso 10 y descúelguese hasta el lobby”.
Era un programa de TV que nos gustaba a los dos. Cuando llegó la versión
latinoamericana, nos postulamos año a año. Cuando nos llamaron, mi esposa
estaba embarazada, entonces dijimos que no. Pero perdimos el bebé. Después
volvimos a intentar ser padres al segundo año. Y necesitábamos dinero para
costear los tratamientos. En la quinta temporada nos volvieron a llamar. Nos
dijeron: “¿Están libres?”. “Sí, estamos libres. Y vamos a ir por esto”, le dije.
Era porque queríamos costear el tratamiento… (Darío se emociona. Pide unos
segundos para recuperar la calma y continuar la charla). 

A Esther le tocó descolgarse de un
puente en Curaçao, desde 60 y pico de metros. A mí me tocó hacer bungee. Nos tocó trabajar en Pepe Cuervo, donde hacen tequila. A mí
me tocó limpiar el lugar donde hacen los agaves, había un calor de morirse en
pleno julio. En México, a ella le tocó comerse tres tacos muy picantes.
Estuvimos en Colombia, en Panamá estuvimos en un archipiélago de 365 islas, ahí
me tocó bucear con un snorkel y encontrar un caracol entre 100. En Iquitos me
tocó subir una palmera y cortar un gajo. ¡Siempre habíamos querido participar
de ese juego! El premio era de 250.000 dólares. Y perdimos por 5 minutos… Ganó
una pareja argentina. Fueron 13 episodios en un mes, y llegamos al último
episodio. Fue una experiencia que nos fascinó, y la volveríamos a hacer mil
veces.

Volvamos a la educación. ¿Qué
potenciaste como educador durante la pandemia? ¿Qué aprendizajes te dejó la
pandemia en tu rol de educador?

Primero, aprovechar los tiempos.
Segundo, la centralidad del estudiante siempre. Como director, el bienestar de
los niños, pero también el bienestar de los maestros. Fue una época difícil
para los directores, eso te lo puedo asegurar. Teníamos 40 brazos y en cada
mano teníamos algún petitorio de alguien: de las familias, de los maestros, de
las autoridades. Aprendimos a trabajar en equipo, aprendimos a trabajar en base
al análisis de nuestras prácticas, algo que seguimos haciendo desde la
pandemia. Entonces, tus compañeros te analizan y te dicen: “Esto estuvo bien,
aquello estuvo mal, tal cosa está buena que la mejores”. Y a valorar todo lo
que se logra. Y la tecnología, ya lo veníamos
trabajando, pero se potenció mucho más. El Google Drive en 6°, desde la
pandemia, es regla. Lo usamos a la par de la plataforma Crea. 

“Ellas se dieron cuenta que podían enfrentarse a un auditorio en inglés, y que podían comunicar sus ideas. ‘Y les entendíamos cuando nos hablaban, maestro’, me dijeron. Fue algo que las enriqueció como personas”

¿Está tan mal la educación uruguaya,
como dicen las pruebas Pisa y los altos niveles de deserción? Te lo pregunto
porque tus logros y los de tu escuela van a contramano de todo eso…

Mirá, mi señora estudia profesorado de
Derecho, y el año pasado hizo su práctica de 4° año, que es cuando tenés un
grupo a cargo. Ella estaba en un liceo en un contexto muy desfavorable, con
chiquilines no querían nada, que en los primeros días le elevaban la voz. Y
ella les dijo: “Yo no les voy a gritar, porque yo los respeto”. Es propio de
cada uno, de cómo te comprometés. Ella terminó el año lectivo con chiquilines
que la adoraban, y que habían aprendido un montón de cosas. Uno de ellos, de
escasísimos recursos, le regaló una medallita que decía: “Para mí fue un honor
haber sido su estudiante”. 

Es el ejemplo de La sociedad de los
poetas muertos
, o la serie catalana Merlí: el docente que al
principio es resistido, y termina siendo inspirador…

Yo te puedo hablar de dos casos: de
ella y de mí, no de más. Yo no quiero meterme en camisa de once varas… Cuando
yo estuve en mi beca de Fullbright visité una escuela de Estados Unidos, la
directora divina, los maestros comprometidos, yo veía que había un trabajo que
estaba pensado para obtener buenos resultados en una prueba, ¿entendés? Tal vez —no sé cómo decírtelo—, tal vez yo, desde mi poco conocimiento del sistema
educativo y desde mi poco conocimiento de las políticas públicas, tal vez
tendría que haber una alineación entre lo que enseño, la realidad de mi
institución y la prueba que voy a aplicar. Si vos me traés una prueba
estandarizada, y hay un programa sí, pero yo ese programa lo trabajo de otra
forma, tal vez busco que los niños desarrollen otras habilidades diferentes a
las que se evalúan, ahí me dará un resultado diferente a lo esperado. 

Hay una imagen muy gráfica: el que suba
más rápido el árbol gana, y tenés a un cocodrilo, a un mono, a un león y a un
pez. Es obvio que va a ganar el mono, porque él tiene las habilidades para
desarrollar eso. Tal vez se evalúa algo, o una metodología, que nosotros no
estamos aplicando.

El 38% de los estudiantes que ingresan
a carreras de Formación Docente no tienen las habilidades necesarias en
escritura y el 56% tienen un nivel bajo en lengua. Así lo informó el presidente
del Codicen, Robert Silva, y explicó que esto significa que “no tienen los
niveles mínimos de desempeño en producción escrita y en comprensión lectora”.
Son resultados de un estudio del Consejo de Formación en Educación. Son números
nada alentadores sobre las competencias de tus colegas, y lo dicho, van en el
sentido contrario de los logros que tú exhibís con la escuela de Las Violetas.
¿Qué reflexión te despierta?

Yo desconozco cómo es la formación. En
mi escuela, no tenemos maestros practicantes, decidimos no tener porque ninguno
se beneficiaba. Ellos esperaban una ruralidad neta, y a veces nuestra ruralidad
es un poco cambiante, no se adecuaba a lo que el futuro maestro iba a recibir
en su práctica en nuestra institución. Yo no voy a hablar en desmedro de los
profesores actuales, porque no los conozco [a los profesores que trabajan en
Formación Docente]. Cuando yo me formé, tenía profesores excelentes y había
clases en las que aprendíamos muchísimo. Y mucho de lo que no aprendíamos, lo
aprendíamos en las prácticas, en cada una de nuestras escuelas. Era un trabajo
de 8 o 10 horas diarias, durante cuatro años, y eso nos formaba muy bien. 

Lo que te digo es que si yo reflexiono
no como director de la escuela 88, sino como integrante de la sociedad, y veo
esos resultados, a mí me preocupa. Si puedo tener acceso a ver qué estrategias
voy a emplear en formación docente para que eso no sea así, ¿qué puedo hacer?
¿Qué puedo implementar para que esto no ocurra?


“El que suba más rápido el árbol gana, y tenés a un cocodrilo, a un mono, a un león y a un pez. Va a ganar el mono, porque tiene las habilidades para eso. Tal vez se evalúa algo, o una metodología, que nosotros no estamos aplicando”

¿Cuál es tu opinión de la
transformación educativa?

La veo bien. Si ves lo que te conté,
nosotros ya veníamos por ahí: la centralidad del estudiante, el trabajo por
competencias, el relacionamiento con el otro, el trabajo con el otro, eso es el
meollo de la transformación educativa. El trabajo por proyectos también, eso ya
lo veníamos implementando en nuestro centro. Yo la veo bien. Y si tenemos
autoridades que están ocupando un cargo y consideran que esto es lo mejor para
el país, yo les tengo que creer, sean del partido que sean. Porque son mis
autoridades. Son las personas idóneas en el cargo.

¿Hay una receta para hacer mejor las
cosas en cada centro educativo?

No sé si hay recetas. Puede haber
consejos. Un consejo: conocer a los gurises, conocer la realidad, eso es
fundamental. El compromiso de cada uno de nosotros, eso tiene que estar
presente siempre, con eso no se transa. La dedicación en esas cinco horas que
estás en la escuela. Comprender la responsabilidad de trabajar con niños, en todo
momento, en clase, en el recreo o en una salida didáctica. Eso es lo
fundamental para desarrollar las actividades.

¿Sos feliz?

Sí. Siempre hay matices, pero a ver…
Como hablamos siempre con Esther, cuando pensamos que no pudimos ser papás.
¿Nos vamos a quedar anclados en eso? ¿O vamos a ver otras cosas positivas que
tenemos en la vida?


Por César Bianchi





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Javier Ortiz

Navegando entre las corrientes de la información con pasión y destreza, soy Javier Ortiz, un Experto en Artículos Web que teje palabras con la intensidad de un golazo en el último minuto. Mi paso por la Universidad Antonio de Nebrija templó mi pluma con el calor del conocimiento. Como un cronista de la vida moderna, mis escritos surcan desde los campos de fútbol hasta los extremos del deporte, desde los engranajes de la economía hasta los laberintos de la política, y desde los misterios de la religión hasta las alturas de la espiritualidad. Cada palabra es un punto en la red, tejido con la fibra de la autenticidad. Únete a mí en este viaje donde las letras se convierten en senderos de emoción, donde el fútbol comparte espacio con la adrenalina, donde el motor económico se conecta con el engranaje político y donde la esencia humana encuentra su refugio en el vasto mar de la espiritualidad.

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